Parthenope
Viajé a Nápoles la pasada Semana Santa. Antes del ir, al comentarle mis planes a un amigo muy viajado me soltó es uno de los últimos lugares del planeta al que iría. Es una ciudad sucia, caótica y peligrosa. No entiendo muy bien porque vais, y se quedó tan ancho. Pero su comentario no me amedrentó. Las cosas hay que vivirlas en la propia piel, y Nápoles merece, al menos, una visita en la vida.
Encontré a Nápoles caótica, vital y profundamente bella. Mi experiencia responde en parte al retrato realizado en el film Parthenope, al tiempo el nombre de la ciudad portuaria de Nápoles y de la protagonista. La película es un poema repleto de simbolismo, en un juego de espejos entre la vida de una mujer y la evolución de la ciudad.
Parthenope nace en el puerto de Nápoles en una familia acomodada. La bellísima joven crece entre algodones y veranos idílicos, que doran su bonito cuerpo y adormecen su alma. Su vida transcurre entre la indulgencia y el dejarse llevar por el entorno. Todos somos en cierto modo un producto de nuestro tiempo y la juventud de Parthenope lo ejemplifica.
Como todos nosotros Parthenope comete errores. Deja escapar al amor de su vida, juega a una relación incestuosa con su hermano, se distrae con una profesión que no es lo suyo y sacrifica su maternidad con ligereza. Dedica energía a relaciones que no la llevan a ninguna parte. Deja que su belleza tome el timón de su vida, y que el dolor por la pérdida de su hermano la inunde.
Cuando las preguntas no son acertadas
A pesar de ello, su director de tesis le abre la puerta de una carrera como profesora de antropología en la que destaca y es apreciada. Con todo, por sus circunstancias personales, traumas que sufrió y elecciones tomadas, Parthenope no parece completar la fase Aislamiento vs. Intimidad según Erik Erikson que permite el desarrollo de relaciones íntimas duraderas, uno de los factores clave para la felicidad según este modelo y los testimonios del estudio Grant.
Hacia el final de la película – atención spoiler – ya a punto de jubilarse, dos alumnas cercanas a Parthenope, le preguntan: ¿Por qué no te casaste? Porqué nadie me lo pidió en serio. ¿E hijos?, insisten. Estaba distraída. O quizás no he sabido hacerme las preguntas acertadas.
Las preguntas que nos hacemos en cada momento vital, son nuestros guías vitales, como bellamente enfatizaba Rilke en sus Cartas a un joven poeta. Sin embargo, si las preguntas que nos realizamos no son las pertinentes, forzosamente las respuestas que les vamos a dar con nuestras vidas, no van a ser de utilidad.
Los tres horizontes
Una forma de errar en las preguntas que nos hacemos es nuestra tendencia al cortoplacismo. Recuerdo los sesgos de mis preguntas en la treintena, que luego me harían cojear una década o dos más tarde. En este sentido el Modelo de los tres horizontes, desarrollado por Mc Kinsey para las organizaciones, puede ser muy útil si se aplica a nivel personal.
La base del modelo consiste trabajar con tres horizontes simultáneamente:
– Horizonte 1: Mantener y optimizar el núcleo actual. Corto plazo 0-2 años
– Horizonte 2: Explorar y construir nuevas oportunidades. Medio plazo 2-5 años
– Horizonte 3: Crear el futuro transformador. Largo plazo 5+ años.
El horizonte 1 consiste en mantener y cultivar lo que ya tenemos. Por ejemplo, fortalecer relaciones existentes (como con una pareja o amigos cercanos), mantener hábitos saludables (ejercicio regular, dieta) o consolidar habilidades clave en tu trabajo actual.
El horizonte 2 nos invita a salir de nuestra zona de confort con pasos concretos de riesgo limitado. Por ejemplo, iniciar nuevas amistades o relaciones románticas, aprender una nueva habilidad (como un idioma o una competencia profesional), practicar la vulnerabilidad en relaciones existentes o explorar roles diferentes (como liderar un proyecto comunitario).
El horizonte 3 nos invita a dar grandes pasos con un riesgo elevado. Por ejemplo, cambiar de carrera para alinearte con un propósito mayor, iniciar una familia, mudarte a otro país para explorar una nueva cultura, o desarrollar un proyecto personal que refleje tus valores más profundos.
Horizonte 3: preguntas que pueden hacer o deshacer una vida
Una vez definidos los tres horizontes el trabajo es equilibrarlos tomando consciencia del tiempo y energía dedicados a cada uno. Por defecto tendemos a dedicar mucha energía al horizonte 1, a corto plazo, sin embargo, el reto consiste en repartirla con los otros dos.
Trabajar en el horizonte 3 es incómodo y retador. Es el que olvidó plantearse Parthenope y al que se refiere David Whyte en su poema A veces1 – mi traducción:
A veces,
si te mueves sigilosamente
a través del bosque
respirando
como aquellos
de las antiguas historias
que sabían cruzar
un tembloroso lecho de hojas
sin hacer ningún ruido,
llegas
a un lugar
cuya única tarea
es incomodarte
con diminutas
pero temibles peticiones,
concebidas en ninguna parte
pero en este lugar
comenzando a llevarte a todas partes.
Peticiones de dejar
de hacer lo que haces ahora
y
dejar de ser
aquello en lo que te conviertes
mientras lo haces,
preguntas
que pueden hacer
o deshacer
una vida,
preguntas
que pacientemente
te han esperado,
preguntas
que no tienen derecho
a desaparecer.
Sometimes by David Whyte
Sometimes
if you move carefully
through the forest,
breathing
like the ones
in the old stories,
who could cross
a shimmering bed of leaves
without a sound,
you come
to a place
whose only task
is to trouble you
with tiny
but frightening requests,
conceived out of nowhere
but in this place
begginning to lead everywhere.
Requests to stop what
you are doing right now
and
to stop what you
are becoming
while doing it,
questions
that can make
or unmake a
a life,
questions
that have patiently
waited for you,
questions
that have no right
to go away.