El regalo de la ansiedad – según la experta emocional Karla McLaren todas las emociones tienen uno – es que nos ayuda a completar las tareas que necesitan ser hechas. Cuando la ansiedad se comporta de forma adecuada, se disipa una vez hemos las hemos completado. En cambio, cuando la ansiedad persiste una vez hecho lo necesario, entonces tal vez se trate de ansiedad existencial convertida en hábito.
Tenemos muchos motivos para sufrir ansiedad existencial, una variante del miedo: el planeta se acerca al colapso, los políticos parecen incapaces, existe gente con malas intenciones, es probable que no cobres una pensión, te preocupa no llegar a fin de mes, nosotros o nuestros familiares podemos enfermar o ya estamos enfermos, vamos a morir, también lo harán todos los que nos rodean, y una letanía de realidades similares.
Me viene a la mente la historia de Gautama Buda. Cuentan que cuando era niño, su padre le tenía prohibido salir de su palacio donde estaba rodeado de belleza, arte y disfrute, lejos de todo sufrimiento. Gautama deseoso de conocer lo que había más allá de los muros de palacio, logró escabullirse del mismo y salir a la ciudad, convenciendo a un cochero. En un momento de su paseo en carruaje por la ciudad, alguien muy viejo cruzó la calle con gran dificultad. ¿Qué le ha pasado? preguntó Gautama. Es viejo, contestó el cochero, todos nos hacemos viejos. Más adelante vieron a un leproso envuelto en trapos que apenas ocultaban su deplorable aspecto, ¿Qué le ha pasado? preguntó de nuevo Gautama. Está enfermo, contestó el cochero, a todos nos puede afectar la enfermedad. Luego vieron la procesión de un entierro, con una multitud transportando al muerto. ¿Qué le ha pasado? Es alguien que ha muerto, le contestó. Todos vamos a morir. Gautama no se lo podía creer. Entonces vio a un monje cruzar la calle, con una sonrisa de oreja a oreja, sereno y derrochando alegría. ¿Quién es y porque sonríe? Es un monje y ha decidido renunciar a todo.
El padre de Gautama, después de conocer lo ocurrido, hizo preparar toda suerte de distracciones que hicieran olvidar al chico lo que había visto: banquetes, música, bailes con las más bellas bailarinas… Sin embargo, a Gautama lo visto no se le borró de la mente y al cabo de unos años abandonó todas sus posesiones y se convirtió en asceta.
El quid de la cuestión es ¿Por qué razón el monje sonreía? ¿Por qué no estaba ansioso, conociendo el material de la vida: enfermedad, vejez, muerte? Con su renuncia, Buda descubrió el motivo y dedicó el resto de la vida a enseñarlo a otros. El camino se llama meditación.
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